Un agujero lleno de buen cine

Fotograma de la pelicula 'La Evasión'  de Jacques Becker (1960)
photo_camera Fotograma de la pelicula 'La Evasión' de Jacques Becker (1960)

El cine carcelario pertenece al mundo del noir pero, tal vez por su necesaria ambientación claustrofóbica y antirromántica, parece estar un escalón por detrás entre las preferencias del gran público. Cadena perpetua, por poner un ejemplo, sí consiguió alabanzas mundiales por su tono comercial, sin embargo, una joya como La evasión (Le trou, Jacques Becker, 1960) sigue siendo una pequeña desconocida para los menos cinéfilos.

Cinco presos en la cárcel de La Santé de París planean una espectacular fuga, haciendo un agujero en el suelo de su celda. Eso es todo, si no fuera porque ese “todo” incluye detalles y recursos absolutamente memorables e inigualables.

La evasión fue la última película de Jacques Becker, quien la rodó ya enfermo y no llegó a verla terminada. Ese tono de despedida y de derrota final parece presente en la caracterización de los personajes. Porque, aunque la película esté basada en la novela de José Giovanni, uno de los presos que protagonizó la fuga real, el diseño de los personajes no sería el mismo sin ver las caras y el cuerpo de los actores.

Resulta fascinante lo bien caracterizados que están los cinco tipos, teniendo en cuenta lo poco habladores que son y que la película se va a centrar más en sus acciones que en su forma de ser. Sin embargo, al llegar al final, todos recordamos al más chistoso, al más desconfiado, al más forzudo, al más joven y, sobre todo, al más manitas y verdadero artista. Jean Keraudy interpreta a Roland Darbant con sobriedad y profesionalidad. Todo perfecto, salvo que Keraudy era un nombre falso, pues el “actor” había sido el verdadero líder de la fuga en la que participó Giovanni. Así pues, ni Keraudy ni Darbant, un preso real que se comporta en pantalla como si estuviera en la verdadera Santé (otra vez) y como si no hubiera cámaras, inventando y creando todo tipo de herramientas ingeniosas: un periscopio con un cepillo de dientes, una ganzúa con un hierro, un reloj de arena con dos botecitos… Genial e imprevisible. Puro goce.

Y es que esos pequeños objetos casan con el detallismo que Becker despliega en toda la película. Podemos recordar la escena en la que los guardias registran el pan y la mantequilla que les envían a los presos y admirar cómo ese cuchillo busca minuciosamente cualquier elemento sospechoso a lo largo y a lo ancho. Pero la escena más célebre de la película, y con justicia, es la apertura del agujero en la celda (el trou, del metafórico título original). Durante varios minutos Becker fija la cámara y vemos cómo unas manos pican el cemento con fuerza y monotonía insistente e hipnótica. Cuando se cansan, la barra pasa a otras manos que continúa la tarea. El ver cómo se va ensanchando la herida en el suelo, cómo va sangrando piedras y el mantra del ruido suponen una de las experiencias más insólitas y únicas que se han visto en cine. Porque, en contra de lo que podría parecer, esos minutos son fascinantes, nuestros ojos están abiertos como platos y no podemos apartarlos de la pantalla por ver si se abre el maldito agujero o no. Maravilla total.

La falta de música, la banda sonora llena de ruidos y los silencios de los personajes contribuyen, creo, al gran tema de la película: la amistad, la solidaridad y la fe en el ser humano. Los cuatro tipos originales (el joven es trasladado a la celda más tarde y no está claro que sea de fiar) son quienes han planeado la fuga. Son quienes son amigos en la desgracia y socios en el trabajo. Esos cuatro tipos darían todo por el que tienen al lado y lo demuestran constantemente. Cuando a uno le roban unos fontaneros que pasan por la celda, todos se solidarizan en partirles la cara. Cuando uno toma la dura decisión de no fugarse para no disgustar a su anciana madre (buf, pedazo de detalle sentimental para quienes parecían bestias, sí, sí, ya quisieran muchos), mantiene su decisión en secreto y sigue cavando como el que más. Es normal, entonces, que cuando se produce un derrumbe en el túnel, la angustia no la tenga solo el compañero que se pone a escarbar como loco, sino todos nosotros que ya formamos parte de la cuadrilla y dejaríamos las uñas por sacarle de ese agujero.

Agujero claustrofóbico como la celda en la que prácticamente se “mueve” toda la película. Apenas tenemos una brevísima y significativa escena exterior: cuando una noche, por fin, dos de los canteros consiguen asomarse a París por una alcantarilla y confirman que esa será su salida a la libertad. Ahora bien, con toda la profesionalidad y solidaridad del mundo, no se plantean hacerlo sin sus compañeros. Vuelven sobre sus pasos para contarles que han visto el cielo de París. Otro detalle precioso.

Podríamos seguir con otros versos de La evasión que darían para mucho: los guardias poniendo una mosca en una tela de araña (otra metáfora más) o la joven amante que viene de visita (única mujer en la película) y que tan significativa resulta para que comprendamos al tipo con el que se lio. Sin embargo, termino con dos detalles inolvidables: el espejo-cepillo de dientes en su último giro terrible y lo que vemos y desencadena. Y las últimas y significativas palabras de la película: “Pobre Gaspard…”. Para comprenderlo, vean la película.

Pobres de aquellos que pasen por alto La evasión.

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