Para morirse de cine

Un amor contrario a la naturaleza

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Si somos capaces de aguantar la violencia explícita y, a veces, desagradable pero justificada, Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) es inexcusable. Dejen darse el paseo y extraigan el sentimiento del amor que no pudo ser porque, como decía Shane, uno no puede dejar de ser lo que es.

Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) tiene un argumento relativamente convencional: un taciturno mecánico y piloto de coches (ecos de Travis, el taxista más famoso del cine) establece un vínculo con su vecina y su hijo, hasta que el marido de ella sale de la cárcel. Entonces no surge el drama pasional, sino que el conductor decide ayudar al expresidiario dando un golpe para proteger a esta familia y, como es previsible, todo saldrá mal y se teñirá de sangre. Esta historia noir de atracos y mafias peligrosas de los suburbios de Los Ángeles (el cine negro siempre con plebeyos, no con patricios) necesitaba algo más para llamar nuestra atención y es el personal estilo que el danés Winding Refn lleva a su cumbre en esta película. Estética moderna pero música electrónica retro, neones deslumbrantes, más silencios y sugerencias que palabras y un tratamiento de la violencia explícito pero sorprendente han convertido al danés en una marca.

Partimos de los protagonistas: Ryan Gosling es el anónimo y duro personaje principal (el driver del título) que se nos presenta fumando palillos con una luminosa cazadora con escorpión a la espalda de simbolismo obvio. La historia de la rana y el escorpión se cita en la película pero recordemos que el escorpión se monta encima para cruzar el río con la rana… y el viaje acaba en tragedia pues el del aguijón no puede cambiar su naturaleza. Pues bien, parecería que Gosling es la rana de pocas palabras que termina envenenada por la violencia que le rodea sin poder salir de esa “naturaleza”. Sin embargo, la cosa no es tan fácil cuando llegamos a la segunda mitad de la película.

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Y es que el comienzo de la película es su inocente historia de “amor” con la joven Carey Mulligan y su hijo. Apenas se dicen algo, pero sentimos los gestos y las miradas como si ardieran y el carácter zen del conductor aporta la calma que la vida de la joven parece necesitar. Muy inteligentemente, cuando el marido sale de la cárcel, no se presenta a un malnacido despreciable, sino a un tipo normal, cuyos delitos no conocemos y que parece realmente amar a su familia. Ella le presentará al vecino y aparentará normalidad, pero todos intuimos que “algo” ha cambiado en ese matrimonio, aunque la huida con el conductor sea un sueño imposible. Gosling asiste a una comida familiar y percibe que el que sobra es él, que el niño necesita a un padre y ya lo tenía y que su sueño ha terminado. Algo recuerda a Shane en Raíces profundas y la admiración de Joey por el pistolero, frente a la bondad real de su padre, pero es que lo duro empieza ahora…

El atraco acaba en tragedia y el conductor mostrará su verdadera cara. Fuera caretas de ranas y dentro el verdadero yo: con un martillo irá a “entrevistar” a uno de los traidores y lo que le hace a su mano dará fe de que se acabó la película romántica. Cuando le pone una bala en el cráneo y amenaza con pasársela al otro lado de un martillazo, nos damos cuenta de que el conductor no es un simple mecánico y de que sus silencios están justificados: ella no necesitaba conocer su pasado.

Sin embargo, no habrá más remedio que enfrentarse a la verdad y, en la mejor escena de la película, se unirán el amor y la violencia con buen cine de por medio. Él trata de sacarla a ella del edificio, pero en el ascensor se da cuenta de que el sicario que viene a por ellos les acompaña. La aparta discretamente y le da el beso de su vida, apoyado en una música onírica y en la luz que ilumina el rostro de ella y oscurece el de él (sí, profético y efectivo juego con la luz). Cuando se separan los labios y las miradas, él revienta al sicario contra las paredes y rompe su cabeza pisándola repetidas veces ante la mirada helada de ella. Sin poder ni gritar, ella abandona el ascensor aterrorizada y mira con horror. Él se queda dentro, mirando con tristeza desesperada a quien solo quiere proteger. La puerta se cierra. Sin palabras. Sin subrayados. Es el fin de una historia que nunca podrá ser porque la naturaleza no la permitiría. Con razón, el último plano es el de la cazadora escorpión respirando de espaldas…

Hablábamos de cómo Refn suele utilizar la música en sus películas para dotarlas de una ambientación original y moderna. En Drive parece jugar con esos tonos electrónicos de los ochenta (la algo obvia A Real Hero de College y Electric Youth o la hipnótica y obsesiva Tick of the Clock de Chromatics), pero la belleza más clásica, y por ello surreal porque no parece pertenecer a esta película, es el momento Oh My Love del gran Riz Ortolani, cantada por Katyna Ranieri. Ortolani, habitual del wéstern y terror italianos (uno de los favoritos de Tarantino, por cierto) creó esta maravilla llena de tristeza y esperanza para el documental Adiós tío Tom (Addio Zio Tom, 1971) y se reinventa en Drive cuando suena en el momento en el que el conductor se pone una máscara para cercar al villano principal. El contraste entre la escena y la música nos transporta a la cabeza de él, en la que solo cabe pensar en ella y lo que pudo ser y no fue, en esa historia imposible… oh, my love. Sí, escuchen la canción y viajen a su amor perdido y siempre recordado.

Aparte de los contrastados protagonistas, no hemos citado otros nombres como Bryan Cranston, Oscar Isaac, Ron Perlman o Albert Brooks. Es decir, la calidad de los actores está más que garantizada. La música no nos dejará indiferentes. El estilo va de la ropa a la luz. En fin, si somos capaces de aguantar la violencia explícita y, a veces, desagradable pero justificada, Drive es inexcusable. Dejen darse el paseo y extraigan el sentimiento del amor que no pudo ser porque, como decía Shane, uno no puede dejar de ser lo que es.