Para morirse de cine

Camiones y noche: mezcla peligrosa

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No sé si La pasión ciega (They Drive by Night, Raoul Walsh, 1940) es tan conocida como debiera, pero sí sé que es una de esas piedras preciosas cuyo brillo hay que compartir

El inagotable cine clásico nos reserva muchas de esas combinaciones milagrosas en las que todo encaja para, bajo una aparente producción rutinaria más, regalarnos una película soberbia en la que todos rozan la perfección. No sé si La pasión ciega (They Drive by Night, Raoul Walsh, 1940) es tan conocida como debiera, pero sí sé que es una de esas piedras preciosas cuyo brillo hay que compartir.

La película son dos películas y un epílogo innecesario. Dos hermanos se ganan la vida con el camión, llevando fruta por California y soñando con tener su propia flota. Los riesgos están en las horas de carretera, el poco descanso y en la temible y peligrosa conducción nocturna, que provocará la tragedia cuando uno de ellos se duerma al volante y pierda un brazo. En esta primera película ya tenemos una película social, neorrealista, oscura, melodramática, con ataques al usurero que les reclama las letras del camión y atisbos de la felicidad imposible con una mujer que espera en casa y sueña con ser madre o una novia casual para el otro hermano que solo sueña… con buscarse la vida donde sea.

El guion funciona como un reloj y el tuerto Walsh, que veía más que muchos con cuatro ojos, dirige como un maestro, pues todas las implicaciones del párrafo anterior las cuenta con síntesis y brío (eso que hoy pocos conocen con películas que no bajan de 140 minutos) y, además, con un reparto maravilloso que sale de los estudios Warner para brillar por su profesionalidad perfecta. George Raft es Joe Fabrini, el ambicioso camionero que tiene aires de grandeza. Humphrey Bogart es su hermano Paul, más duro y de puño más ágil, quien perderá el brazo en el accidente y desaparecerá en la segunda parte de la película. Está tan bien y discreto como secundario Bogart que parece mentira que estuviera a tiro de piedra de El último refugio y El halcón maltés (dos papeles que rechazó Raft: mal ojo, amigo).

Sumemos a Ann Sheridan como la novia de Joe a la que rescatan de un bar de carretera y a quien el guion reserva las mejores líneas: “Un filete poco hecho” “Va a estar tan tierno que te va a echar los brazos al cuello”; “¿Crees en el amor a primera vista?” “¡Ahorra mucho tiempo!”; “¿Algo más?” “Sí, pero no está en el menú…” “Ni lo va a estar”; (sintiendo las miradas de los comensales) “Un chasis de primera” “No podrías permitirte ni los faros”… Su  mezcla de dureza y ternura enamora a Joe y al público, a pesar de un ingenuo epílogo final en el que hay demasiada azúcar para la dureza de la historia.

Y es que todavía no hemos llegado a la segunda parte y ya irrumpe la mirada felina de ella y un vestido estampado que rompe con los grises anteriores. Ida Lupino, actriz y directora, saltó a la fama con este retrato de mujer fatal malcasada que desea a Joe pero es rechazada por este. Ante el despecho, llega la locura y el crimen que pagará su marido (orondo y divertido Alan Hale, el Pequeño John del Robin Hood de Errol Flynn: ya decía que no hay actor pequeño ni papel desaprovechado). Lupino “salva” a los Fabrini intercediendo para que su marido les contrate pero sus intenciones son retorcidas y las vamos viendo en el rostro de ella y su transformación. Hay una famosa escena con unas puertas (un crimen que venía de otra película Warner anterior: viva el reciclaje) y un juicio posterior en el que ella pierde la cabeza para llevarnos al final feliz pero, aunque su locura sea algo forzada, merece la pena el viaje solo por ver las garras de la Lupino en acción, manipulando y retorciendo la realidad ante la mirada perpleja de Joe.

Sí, en esta segunda película nos encontramos con un noir con femme fatale, película de juicios, escenas carcelarias y, todo ello, sin abandonar esa oscuridad fatalista que sobrevolaba la primera parte. De nuevo, parece que harían falta muchas horas para contar todo esto. Pues no, Walsh lo resuelve en 95 minutos y el año antes había rodado Los violentos años 20 y al siguiente rodaría El último refugio y Murieron con las botas puestas. Entre otras. Olé Raoul Walsh.

Todo lo descrito no es poco pero faltan los maravillosos personajes secundarios que parecen iluminar las obras maestras eternas (de Warner saldría Casablanca apenas un par de años después). El gasolinero que siempre se mete con Paul por ir durmiendo; el camionero que se engancha con la máquina recreativa porque le da docenas de partidas gratis; el usurero con pinta de comadreja… personajes que tienen su propia historia y que no solo “rellenan”, sino que enriquecen y completan como en los cuadros geniales. Como en las películas geniales.

Una última curiosidad trivial: la traducción del título apunta a la segunda parte de la película y a la pasión malsana de Ida, pero el título original es de una sobriedad y sequedad que ni la ginebra: Conducen de noche. Ahí está todo: el peligro, el misterio, el riesgo. El cine. El buen cine.