El gran juego del cinismo y el dinero

Fotograma de Operación Cicerón (Five Fingers, Joseph Leo Mankiewicz, 1952)
photo_camera Fotograma de Operación Cicerón (Five Fingers, Joseph Leo Mankiewicz, 1952)

En Operación Cicerón (Five Fingers, Joseph Leo Mankiewicz, 1952) vivimos una historia real que casi es documental por la Turquía que nos muestra, pero que es cine de espionaje en estado puro por su emoción, ironía, vanguardismo y calidad. Desde su plano inicial que garantiza verosimilitud, hasta la carcajada final que todos compartimos.

No solo de James Bond vive y ha vivido el cine de espionaje y, antes de la revolución inglesa de Agente 007 contra el Dr. No (1962), las Guerras Mundiales nos habían dejado multitud de espías reales cuya historia se ha llevado al cine con mayor o menor imaginación. Sin duda L.C. Moyzisch y Elyesa Bazna no son tan conocidos como Mata Hari, pero su historia es igual de fascinante, sobre todo, con el condimento hollywoodiense necesario.

Operación Cicerón (Five Fingers, Joseph Leo Mankiewicz, 1952) nos presenta al elegante y muy British Diello, que trabaja como mayordomo o ayuda de cámara en la embajada inglesa en Turquía y vende secretos a los alemanes en plena Segunda Guerra Mundial. Diello es albano (y su nombre real era Elyesa Bazna), pero sus maneras exquisitas le convierten en un perfecto caballero inglés o, como se dice en la propia película, en el perfecto caballero del caballero, es decir, ese criado impecablemente British que tantas veces hemos visto en cine. Diello contactará con un trabajador de la embajada alemana y Moyzisch se convertirá en su enlace con los peces gordos como Von Papen, Ribbentrop y hasta el mismísimo Führer.

Pero ya apuntábamos que, a pesar del exotismo de rodar en la verdadera Turquía y de ver y vivir carreras y sombras por trenes, zocos y mezquitas, en Hollywood manda lo sentimental y el guion añade a una bella y elegante condesa para la que trabajó Diello en el pasado y con la que ahora pretende fugarse a Río y sacarla de su pobreza. Su relación está llena de dobles sentidos y ambigüedades sexuales que mezclan decadencia, viejas noblezas europeas, ambición y ¿amor? que solo puede terminar de mala manera…

La química en pantalla funciona con dos presencias rotundas: James Mason y Danielle Darrieux dan en el clavo. Mason combina la discreción del mayordomo con el cinismo ante los nazis que nos deja las mejores frases: “Entra mucha más gente de la que sale en las embajadas alemanas. Me pregunto qué les atraerá tanto allí dentro…” “Estar en un país neutral nos permite disfrutar del whisky escocés y de la cerveza alemana” y el colmo, claro, cuando le preguntan por su identidad “¿Me creerían si les dijera que soy el mayordomo de la embajada británica?”. No, claro que no le creen.

La condesa Anna Staviska aporta la distinción y belleza que se presupone a Danielle Darrieux, pero aporta, además, un punto de cinismo y humor en su exilio que la hacen aún más encantadora: “¿Por qué se fue de Varsovia?” “Caían bombas. No quería estar en su camino” “Pero, ¿por qué se vino aquí desde Inglaterra?” “No creí que ser bombardeada en Londres fuera más atractivo que en Varsovia”. Como en el mejor cine negro, ella es la femme fatale que ocasionará la traición a Diello. Sutilmente no vemos ese momento, solo cuando él se entera y la frialdad con la que reacciona, aunque sabemos que arde en su interior. Impecable Mason en su pasión reprimida y controlada.

El juego de espionaje se basa en la real falta de fe que tuvieron los nazis respecto a la información que pasaba Diello. No se fiaban mucho del chapucero Moyzisch (un apropiadamente nervioso Oskar Karlweis) y hasta los propios nazis tenían demasiados puntos de vista (brillante cuando Von Papen se entera de que el nombre en clave de Cicerón se lo ha puesto Ribbentrop: “¿Significa algo, señor?” “Nada, salvo la sorpresa de saber que Ribbentrop sabe quién es Cicerón”). Creyendo que la información pudiera ser proporcionada por los ingleses como señuelo, todo terminó destruido, incluido el dossier sobre la Operación Overlord, con jugosos detalles sobre el desembarco de Normandía. Así es la guerra.

Pero a ese espionaje parece faltarle el competente funcionario inglés. Sí, “James Bond” aparece y es enviado desde Londres para investigar qué pasa en Turquía, pero el agente (Michael Rennie) se muestra inútil, apenas sale del despacho y, aunque tiene delante al culpable, no será capaz de verlo hasta que es demasiado tarde (la excelente escena de suspense con la caja fuerte y la limpiadora). Con Connery no hubiera pasado esto, pero Mason se come con patatas a los agentillos, toma el pelo a todo el mundo y, encima, luce el esmoquin y los trajes de tres piezas como nadie. ¡Mason era James Bond justo un año antes de que Ian Fleming escribiera Casino Royale!

Ya hemos comentado que la producción se desplazó a Ankara y a Estambul por lo que respiramos el ambiente de solo unos años atrás, convirtiendo la película en un documental insólito e irrepetible, similar en bastantes aspectos a la no menos brillante y única El tercer hombre (1949). Añadamos a esa ambientación las cuerdas del gran Bernard Herrmann, poco antes de empezar a trabajar para Hitchcock pero ya a un nivel prodigioso, envolviendo la trama y las intrigas con emoción y lúgubres sones.

Cinismo y ambición en plena guerra con el dinero por delante de los ideales. Esto que hoy sería habitual en cualquier guion era insólito en los primeros cincuenta y convierten a Operación Cicerón en una rara joya que no debemos olvidar por su carácter documental y verosímil: tanto por las calles por las que pasamos, como por las mentes de las personas con las que gozamos, padecemos y reímos.

Comentarios