Para morirse de cine

Una nueva era para desencantarse

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photo_camera El detective
La sordidez descrita en El detective (The detective, Gordon Douglas) pudiera hacernos pensar en una película de este siglo, sin embargo, es de 1968. Sí, el fin de Camelot y de la ingenuidad y el comienzo del cinismo y las pesadillas. ¿Quién podía encarnar ese cambio de ciclo? Pues nada menos que un cincuentón Frank Sinatra.

El hijo homosexual de un rico empresario es encontrado muerto, con los genitales y varios dedos cortados, y el policía encargado del caso tendrá que lidiar con la corrupción polícita y su exmujer ninfómana. La sordidez descrita pudiera hacernos pensar en una película de este siglo, sin embargo, El detective (The detective, Gordon Douglas) es de 1968. Sí, el fin de Camelot y de la ingenuidad y el comienzo del cinismo y las pesadillas. El fin de los policías íntegros bienpensantes y el nacimiento de los brazos más contundentes de la ley que verían los 70. ¿Quién podía encarnar ese cambio de ciclo? Pues nada menos que un cincuentón Frank Sinatra.

La película parte de la novela homónima (1966) de Roderick Thorp, quien había trabajado como detective, que obtendría el éxito suficiente como para generar una secuela: Nothing Lasts Forever (Nada es para siempre, 1979). La historia de la secuela tiene su gracia pues sigue los pasos del policía Joe Leland en una Navidad en la que se verá encerrado en un edificio asediado por terroristas alemanes. En efecto, se llevó al cine como La jungla de cristal (Die Hard, John McTiernan, 1988) con Bruce Willis como protagonista después de que el papel le fuera ofrecido a Sinatra (así lo recogía una cláusula de su contrato de los sesenta. ¡Anda, que si hubiera dicho que sí…!).

Una nueva era para desencantarse Frank Sinatra

Volviendo a El detective, Sinatra se hace con la película desde que llega a la escena del crimen. Con sobriedad y seriedad, en plena crisis de su matrimonio con Mia Farrow, Frank interpreta a un Leland crepuscular que parece pertenecer a otro mundo más romántico y ordenado, pero que tendrá que lidiar con la brutalidad de lo que se encuentra en la vida real. Su honradez le llevará a levantar las tapas de los contenedores equivocados y se convertirá en objetivo de quien no conviene serlo. Por si fuera poco, su idílica historia de amor se ha resquebrajado y solo utiliza a su mujer esporádicamente como recuerdo de lo que fueron (valga como muestra del contraste de ambos la escena en la que un ingenuo y autoengañado Joe hace que ella llame por teléfono a su amante y le “abandone”… como si fuera a ser tan fácil).

Y es que Lee Remick hace un valiente y sensual papel como esposa ninfómana que no puede evitar irse con todo hombre que conoce… hasta con su marido, valga la tontería. Un par de saltos atrás en el tiempo, algo torpes técnicamente con ese fuera de foco progresivo y la música distorsionada, nos cuentan la historia de la pareja con una puesta en escena muy curiosa. La planificación se apoya en el plano contraplano, pero Sinatra y Remick hablan mirando a cámara para hacer partícipe al espectador de su cercanía. No tengo claro que esto funcione, aunque resulta original y no deja de rimar con el tema de la película: una historia de cine negro clásico con inquietantes aspectos vanguardistas cuyo recorrido desconocemos.

Una nueva era para desencantarse

Y es que otra de las sorpresas que dejan algo perplejo es cómo a mitad de la película parece resolverse el caso, con ejecución incluida (Leland consigue hacer confesar al frágil sospechoso cogiéndole de la mano…), y surge otro caso de un aparente suicidio sin que tenga nada que ver con el anterior. Bueno, no hay que ser muy listo para saber que sí tendrá que ver y que Leland lo descubrirá, pero esos vínculos tardan en aparecer y desconcierta un poco. Es la viuda del suicida, una Jacqueline Bisset de apenas veinticuatro añitos, quien dominará esta segunda parte de la película con su mirada violeta y nos llevará de una sordidez a otra. De los garitos y oscuros refugios de los homosexuales, a la corrupción política y a secretos inconfesables igual de oscuros o más. Demasiado para que los ojos azules de Blue Eyes quedaran sin mancha… Ahora sí entendemos esos primeros planos de Frank (impresionante el último en el coche) para ahogarnos en sus ojos acuáticos por el fango que reflejan.

Un fango que está perfectamente anunciado ya en el primer plano de la película que es el reflejo sobre el capó de un coche de la ciudad de Nueva York. Eso es lo que Gordon Douglas nos va a mostrar en esta película: Nueva York patas arriba; el reverso tenebroso de Nueva York; la ciudad esperpéntica que esconde su ira y su amor en callejones o en despachos y sin posibilidad de humor valleinclanesco porque ellos no tienen de eso. El desencanto, simplemente.

el detective Frank Sinatra

El reparto se completa con nombres como Jack Klugman, el policía amigo fiel de Leland, o Robert Duvall, el “nuevo” policía cuyos métodos chocarán con los de Joe. Añadamos una banda sonora más que solvente del gran Jerry Goldsmith y tendremos todas las cartas para disfrutar de un juego redondo.

El desencanto de la derrota es una constante en el cine negro y resulta aún más eficaz cuando se nos sitúa en una época de transición. Los 60 fueron el comienzo de muchas cosas (todavía no estamos pero se apuntaba ya a Chinatown, Harry el sucio o El padrino) y también fueron el fin de muchas otras (el policía bueno, honrado y con familia… ¿sigue existiendo en la ficción?). Como decían en Retorno al pasado, un método de jugar a la ruleta es “perder más lentamente”. El sueño de los 60 o 70 fue desencantarse con otros ritmos y otras ropas.

No, el crimen no ha cambiado tanto y ahí siguen quienes pueden taparlo y aprovecharse de él. Para transformar eso harán falta muchas más miradas azules… de los hombres de azul.

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