Para morirse de cine

Reyes del engaño

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Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000), es una película de timadores, menos mal que de la miseria moral y económica surge también el humor y este buen cine argentino que nos embauca, nos engaña, nos tima y, nosotros, tan contentos.

Sin duda es el actor argentino más conocido por el gran público en la actualidad. ¿Cuándo se dio a conocer internacionalmente Ricardo Darín? La gran explosión vino en 2001 con El hijo de la novia, película que fue nominada al Óscar (la argentina parecía competir con Amelie, pero ganó por sorpresa la bosnia En tierra de nadie... Ay, los premios). Sin embargo, ya antes Darín había brillado especialmente en dos títulos que hay que recuperar: la romántica El mismo amor, la misma lluvia (Juan José Campanella, 1999) y la retorcida y criminal Nueve reinas (Fabián Bielinsky, 2000). Evidentemente, en eltaquigrafo nos centraremos en la segunda.

Nueve reinas fue el estreno en la dirección de Fabián Bielinsky, quien, por desgracia, falleció en 2006 antes de cumplir cincuenta años y solo pudo añadir El aura a una carrera que parecía más que prometedora. La que nos ocupa es una película de timadores en la que Marcos (Darín) recluta a Juan (Gastón Pauls) como socio para un golpe aparentemente sencillo. Se trata de vender una serie de sellos única (las “Nueve reinas” del título) a un coleccionista español caprichoso y millonario (ese toque antiespañol…) que va a ser extraditado de manera inmediata y no puede hacer muchas comprobaciones. Comprobaciones que demostrarían, claro está, que los sellos son falsos porque los ha creado un antiguo compañero de Marcos, ahora enfermo, a quien, por cierto, también le hizo víctima de un engaño. ¡Gajes del oficio!

Y es que el personaje de Darín es uno de los más retorcidos de su amplia galería. Acostumbrados a ver al Darín cercano, natural y algo desastroso pero encantador, aquí tenemos a ese mismo tipo pero ahora timador y sin amigos, puesto que por dinero es capaz de estafar a ancianitas y hasta a su propia familia. Leticia Brédice interpreta a su hermana y descubrimos que Marcos también engañó a sus hermanos con una herencia. No, este Darín no es ese amigo en crisis y maníaco depresivo que nos cae tan simpático en otras películas.

Junto a él, además, como contrapunto, aparece el personaje de Juan que, como se comenta en la propia película, tiene un don para este “negocio”: tiene cara de buena persona. Sin embargo, no nos confundamos, no lo es y es tan timador como Marcos. De hecho, se conocen cuando en una tienda Juan estafa a una dependienta con la vuelta del dinero… y pretende hacer lo mismo con otra. Cuando se monta el escándalo, Marcos le “rescata” por simpatía, haciéndose pasar por policía y lo saca de allí. Este es solo el primer engaño, quedan muchos más…

La referencia a El golpe parece evidente, pero Newman y Redford, además de ser más guapos, también podían presumir de su elegancia y de sus cuatro ojos azules, que prácticamente impedían que pudiéramos tomarlos por los villanos de la película. En Nueve reinas ni Darín ni Pauls parecen de fiar. A lo largo de toda la película sobrevuela la idea de que “algo” pasará o de que alguien está timando a alguien y no está claro quién será. Los giros de guion se suceden y dan lugar a diferentes escenas dramáticas muy bien construidas, pero todos esperamos un giro final… que llega y no revelaremos. Nuestros amigos los verosímiles, como decía Hitch, otro gran trilero, dan muchas vueltas para saber si todo lo anterior funciona, cuando revelas el truco. No importa tanto que algunas cosas estén cogidas con pinzas, sino cómo te lo has pasado en este viaje.

Valga como ejemplo una anécdota de rodaje en una escena trepidante. Cuando los protagonistas tienen los sellos en la mano y a punto de venderlos… son sorprendidos por una moto que pasa por su lado y les roba la cartera con los sellos. Vertiginosamente inician una carrera a pie pues el futuro y sus sueños va en el maletín de cuero. En el rodaje de la escena Gastón Pauls se cayó y casi se parte la rodilla. La realidad casi se carga la ficción, algo que en un buen timo nunca pasará.

Y es que lo mejor de la película es cuando el veterano Marcos trata de convencer al más bisoño Juan de que todo el mundo engaña y tima. Le saca a la acera y le muestra cómo aquel vigila un descuido. El otro está cogiendo un coche ajeno. El de más allá mira ese bolso con demasiada atención… y así, casi, toda la sociedad. Todo esto, con un maravilloso y bellísimo recital de nombres argentinos: “descuidistas, culateros, abanicadores, garfios, pungas, escruchantes, arrebatadores, pesqueros, filos…” y muchos más que ni entiendo ni, afortunadamente, sé a qué se refieren. Ese “poema” se completa con la advertencia tan terrible como universal: “Están ahí, pero no los ves, bueno, de eso se trata. Están, pero no están. Así que cuidá el maletín, la valija, la puerta, la ventana, el auto… Cuidá los ahorros. Cuidá el culo. Porque están ahí. Porque van a estar siempre ahí”.

Mensaje desolador en una Argentina en crisis permanente (¿acaso España es diferente?). Sin embargo, el mensaje no es solo de advertencia contra el eterno delincuente, sino también, de manera irremediable y comprensible, de cinismo absoluto con esta sociedad: “Putos sobran, lo que falta son financistas”. Menos mal que de la miseria moral y económica surge también el humor y este buen cine argentino que nos embauca, nos engaña, nos tima y, nosotros, tan contentos.

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