GRAVEDAD CERO, de Woody Allen (Ed. Alianza Editorial)

“Nació con el divino don de la risa y convencido de que el mundo está loco” empieza diciendo la novela de Rafael Sabatini Scaramouche… ¡Y es como si se refiriera a Woody Allen!

De vez en vez necesitamos el soplo de la frivolidad, pero hay un humor que está más allá, que es un don divino. En efecto el humor loco, inventivo y dinamitero de Woody Allen es un don brillante y clarividente que  necesitamos siempre para nuestra cuerda supervivencia en este loco mundo.

Mi vida es mejor gracias a la existencia de Woody Allen, a su forma de escribir películas y libros con un sentido del humor inteligente y neurótico sin igual, con una capacidad sobrehumana para los diálogos brillantes y con un genio incontestable que hace reír y comprender.

Ha sido una de las drogas más preciadas de mi vida ir cada año a ver su nueva película, y leer cada nuevo libro, y le debo a ese maestro incomparable una corona de laurel de sincera gratitud.

Su autobiografía A propósito de nada (Alianza Editorial), un libro de memorias redactado sin un ápice de la caligrafía doliente que caracteriza a la literatura del yo de nuestra época, me fascinó: de hecho es un compendio de estilo, lucidez, amor al cine y amor a la vida misma contado al estilo freudiano cruzado con Groucho Marx, esto es, sin esconderse ni esconder nada ni dar nada por perdido ni por ganado del todo, y demuestra que Woody Allen sobre todo es un gran escritor.

Y ahora regresa a las librerías con un nuevo libro de cuentos titulado GRAVEDAD CERO (Alianza Editorial): un cuento sobre coche inteligente que estudia filosofía, un cuento sobre los beneficios de los traumatismos craneoencefálicos que potencian las habilidades cognitivas y la capacidad de ligar, un coche sobre una vaca asesina con el mal de la vaca loca, un cuentos sobre dos compañeros de póquer que mueren y se reencarnan en langostas y se reconocen en un estanque, un cuento sobre un general chino cuyo valor no hizo que le pusieran una estatua sino que pusieran su nombre a un plato de pollo, un cuento sobre un muchacho gracioso que crece en Manhattan y cuyos padres piensan que el sentido del humor de su hijo es una malformación…

Se habla mucho, en lo que respecta a la narrativa breve de WA, de Sin plumas, de Perfiles y de cómo acabar de una vez por todas con la cultura, algunos anteriores libros de cuentos del autor publicados hace ya muchos años, pero creemos que este libro más bien entronca directamente con su genial libro de cuentos Pura anarquía.

Los diecinueve cuentos de este libro, de estas piezas narrativas repletas de culturetas snobs, de actores adictos a los encontronazos sexuales, de insensibles agentes inmobiliarios, de productores de Hollywood sin escrúpulos, de actores fracasados y de escritores que anhelan llegar a Broadway, son geniales aunque aparentemente livianos, divertidos en grado sumo aunque con fachada de inanes, y repletos de ocurrencias muy difíciles de parir con resultado verdaderamente hilarante, las cuales juegan con el surrealismo, la exageración, la inteligencia locamente correlacional y el disparatado flujo de conciencia, y en todos se vislumbra distorsionado al propio autor en medio de ese atractivo mundo. Sí, son historias fáciles de seguir, fácil introducirte en lo que te cuentan, pero virtuosas por el modo en que te lo cuentan, y lo sutilmente que critica con lucidez cosas que el autor ve ridículas como Hollywood y la pérdida de calidad del cine, como la cancelación y lo políticamente correcto como la inteligencia artificial, etc.

Es único este humor narrativo que no sólo te lo hace pasar bien, sino que normaliza tus ridiculeces, tus sinsabores, tus miedos, tus hipocondrias y tus fobias al tiempo que te hace creer de verdad que en la vida todo es rectificable mediante la risa.

Y eso es lo mejor de Gravedad Cero, que son cuentos alejados del hermetismo con pretensiones de arte, pero que de todos modos es arte. Y lo es por el coktail de ideas que contiene cada párrafo, por la inventiva verbal culta y desenfadada, por la audacia combinativa de ridiculez y metafísica, porque el autor es dueño de un mundo propio que te hipnotiza y porque al leer cada pieza sabes que todo es loco pero veraz, que, como en un esperpento, todo está distorsionado pero nada es impostado.

Todos los cuentos de Gravedad Cero operan en el ámbito de la excelencia literaria, pero hay uno, el último titulado Crecer en Manhattan, que roza la obra maestra: lo lees, y ves al propio Woody Allen en él. Y alucinas con el filtro de autocrítica con el que se ve esa historia. Y en verdad te sientes como nunca seducido por una ciudad y una época tan bien glosadas al calor de la memoria y la ironía reveladora y lúcidamente desternillante.    

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