El libro del frío, de Antonio Gamoneda (Ed. Galaxia Gutenberg)

Portada de "El libro del frío", de Antonio Gamoneda (Ed. Galaxia Gutenberg)
photo_camera Portada de "El libro del frío", de Antonio Gamoneda (Ed. Galaxia Gutenberg)

La noche, como las calles estrechas, promueve el amor y la delincuencia en la misma medida.

De modo semejante, el frío (ahora que estoy en León “en una casa que estuvo dedicada a la labranza y a la muerte” y celebrando familiarmente, familiarmente pero sin mi madre ya muerta, la Navidad, o celebrando lo que en la Navidad hay de sagrado, de la magia de lo repetido, y, por decirlo con T. S. Elliot, de la importancia que para la civilización tienen las formas), he de decir que, en invierno, el universal frío de León es un atávico generador de poesía.

Y lo es no sólo porque el frío constituye una eterna invitación al recogimiento, y al intimismo, y al reconocimiento tácito de que “bajo las águilas silenciosas la inmensidad carece de significado”. También porque tal frío promueve la adicción a los abrazos y al orujo en la misma medida…

“He llegado, por fin; éste no es mi lugar pero he llegado”.

Y sí, el frío de León ahuyenta a los exhibicionistas como bien nos enseña el recién reeditado Libro del frío de Antonio Gamoneda (Ed. Galaxia Gutenberg).

De hecho aquí soy hoy “el vigilante de la nieve” por eso; porque el universal frío de León hace de nuestra piel corteza de roble; este frío duro y vivificante que convierte a los niños en hombres y a las heridas en cicatrices, el cual me hace confesar que –por decirlo con el título de otro hermoso poemario de Julio Llamazares- son “memoria de la nieve” mis raíces, mi infancia y toda mi adolescencia. Y por eso, ahora, en Navidad, hace un frío que pela porque se te echa mucho de menos, vieja, y necesito mucho por tanto la poesía para que te regrese (gracias, oh Antonio Gamoneda, capitán, mi capitán)…

¡Cuando la nieve empezó a cuajar tú apareciste!

Gracias a este lírico frío reconozco que, como por influencia eterna del Libro del frío  de Antonio Gamoneda (en la reedición de la editorial Galaxia Gutemberg el libro es el mismo de otras veces, no está rescrito ni retocado tal y como este autor acostumbra en cada redición de su obra, sí, es el mismo de otras navidades, pero no te pierdas el iluminador prólogo del estudioso Tomás Sánchez Santiago), a veces el mundo interior y el mundo exterior se reúnen dentro de mí y se hacen poesía: todo para celebrar con gratitud eterna la ausencia latente de mi madre en esta casa y esta calle en la que “una vecina lava la ropa fúnebre, y sus brazos son blancos entre la noche y el agua”.

Y es que  la poesía (me refiero a la poesía vivísima que, como la ideología, llena las calles de violencia y conciencia) tiene como uno de sus principios precisamente ése: un ser humano perdido en los misterios de su cuerpo es el poeta; un ser humano a la intemperie haciendo frente al frío de la existencia al propiciar con su escritura la reunión de las conciencias y el no menos decisivo encuentro de los cuerpos “y su gemido entre los restos de la música”…

No hay heridas posibles en los cuerpos que se aman para contrarrestar el frío.

Yo lo sé bien porque el recuerdo de mi madre esta noche me regala un pijama de franela.

Por eso ahora, en este nuevo invierno que es el mismo repetido, mientras la blancura de la nieve parece pura redundancia en la mirada fascinada de mi hija, y mientras el viento helado en la cara a Elena y a mí nos invita a besarnos como alegres sedientos, y mientras que ese mismo viento esparce nuestros mejores pensamientos, uno siempre vuelve a su otra amante, esto es, vuelve a la poesía para renovar así el ámbito de la percepción. Y para interactuar con alma ajena. Y, sobre todo, para recuperar energía calórica “en la blancura de los sanatorios abandonados”.

Sí, el frío es una forma cíclica de volver a ti, mamá.

Hoy que el cielo parece una plancha de hormigón porque de nuevo la nieve recubre de igualdad el mundo, vuelvo a ese recuerdo de ti y de lo tuyo. Y hoy lo hago así, regresando a mi niñez desnudo pero armado, para, como he aprendido en la poesía de Gamoneda, reivindicar con hechos el frío como sustancia anímica… ¡Para nada considero cierto ese aforismo de Wallece Stevens que dice que “el amor es una enfermedad tropical”!

Tú instruyes mi corazón junto a toda nuestra fría estirpe, y, tal y como me enseñaste, ahora por eso creo ver siempre a mis antepasados muertos detrás de todas las cosas más hermosas de mi vida.

Tú, mamá, estás en medio del frío como una cruz en el mapa que me ayuda a no olvidar de dónde vengo esté yo donde esté.

Miro a Elena entre las risas navideñas de pueblo. El tiempo debe de haberse enamorado de ella, gitana guapa, y por eso parece un retrato inmortal de sí misma en medio del comedor mientras me espera así, como se espera en el norte: con los pies helados, y un flexo encendido en el fondo del corazón…

En efecto esta semana ha regresado la nieve para “hacernos sentir la pureza de los límites”, y eso equivale a decir que han venido a visitarnos la poesía de Antonio Gamoneda y el frío existencial (entendiendo por frío existencial el frío que es esa resaca de todo lo vivido, o esa dosis de misterio que nos cala hasta los huesos y se graba en las piedras y en las cosas; o ese cielo limpio y amenazante de otro invierno que nos retrotrae el frío de la infancia como para preguntarnos si un recuerdo es algo que tenemos o algo que hemos perdido).

Vieja, ha regresado la nieve y yo regreso a ti… Venir a verte es como venir al mundo.

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