Gambia, este adiós maquilla un hasta luego

Paisaje de Gambia  /  L. Adell
photo_camera Paisaje de Gambia / L. Adell
"Uno jamás comprende el alcance de sus pasos hasta que no se ve sumergido en la vorágine. Gambia es una planicie desmesurada. Quemada por el sol hasta el mes de julio y encharcada por la lluvia durante la temporada estival"

El escritor Alberto Manguel (1948) describe la literatura de Cees Noooteboom (1933) como un mapa sin carreteras. “Él es el viajero por excelencia: su equipaje no consta tanto de calcetines como de un hatillo de lecturas recordadas y de autores amados”. En su libro Hotel Nómada (DeBolsillo, 2002), el escritor holandés repasa cuatro países describiendo miles de sensaciones. Gambia, Mali, Bolivia, México. Para el lector que lo lea, muchos pequeños granos de arena ahora llevan una firma en la esquina derecha: Cees Noteeboom, y una impresión concreta: la de ser sin estar, la vivir sin viajar, la de sentir sin tocar. De eso trata La Literatura.

Desde la perspectiva que me ofrece la obligada distancia pienso: han pasado rápido los días, amiga. Has vivido emociones muy intensas, has conocido regiones remotas y has navegado por ríos teñidos de sangre. 

Recuerdos de Gambia / L.Adell

Tienes cientos de retratos captados por fotos instantáneas y guardas dentro de la caja millones de situaciones que nunca quedaran reflejadas.  Has interactuado con la población local dejando que tocasen el pelo y has sido abrazada por niñas que no sabían pronunciar tu nombre.

Te has permitido el lujo de no dormir varias noches pensando que los roedores se convertían en elefantes y te has internado en las profundidades de la jungla mientras escuchabas por primera vez el latido de la vida.

Platos típicos de Gambia / L. Adell

Has visto y olido todo tipo de animales: algunos vivos y otros muertos, y en Janjanbureh compartiste lecho con las ranas. Mamee te socarró el pelo colocándote trenzas del tamaño de churros y te has sobrepuesto al regateo en el mercado de Serekunda mientras el sudor surcaba veloz por tu espalda.

Has aprendido palabras en lengua mandinga y visitado lugares sagrados declarados Patrimonio de la Humanidad. Cuando acariciaste el agua del rio Gambia te emocionaste ante su potencial y, entre tumulto de sus costumbres, aprendiste a respetar el silencio de la región.  

Bitang Bolong / L. Adell

Sentiste que la carretera era el hogar de todos los gambianos y agradeciste encontrarte por el camino a viajeros españoles con los que compartir experiencias e idioma. En Bintang Bolong probaste la deliciosa salsa domoda y fuiste muy feliz viendo como tu felicidad dilataba la sonrisa de las demás personas. La historia del comercio de esclavos fue reveladora, y en su desdicha atendiste los ecos del pasado resonando en todas las fronteras del país.

Siempre le agradecerás a Malang la conversación en el porche de su casa y como las explicaciones dadas le permitieron descasar a tus pensamientos. Dejaste fluir la energía de los amuletos, perdiste el reloj entre la humedad, le diste de comer a los monos y soñaste que recorrías una parte del mundo de la que solo tenías una leve sospecha.

Un paseo por Gambia / L. Adell

Te has bañado en una playa tan gris como caliente y la lluvia te caló en el trayecto de un ferry camino a ninguna parte. Descubriste que la ciudad de Banjul carecía de cualquier ápice turístico mientras te cubrías de emociones en la playa de Tanji. Nunca imaginaste que un atardecer tan épico podría producirte tanta desazón. Bebiste los sabrosos jugos del baobab y te abandonaste a sus cortezas en mitad de la selva. Querida amiga, un día soñaste que viajabas a África y lo has conseguido. 

Y, ¿ahora qué?

Estas visiones, convertidas en recuerdos, compiten con la nostalgia de la incertidumbre. ¿Volveré algún día a este lugar? Afirmaba el filósofo poeta y viajero Ibn al-Arabi (1165 – 1241) que el origen de la existencia es el movimiento y que la inmovilidad no podía, de ninguna manera, formar parte de este mundo. “Si la existencia fuera inmóvil regresaría a su fuente, que es el Vacío”.

Playa de Senegambia / L. Adell

Uno jamás comprende el alcance de sus pasos hasta que no se ve sumergido en la vorágine. Gambia es una planicie desmesurada. Quemada por el sol hasta el mes de julio y encharcada por la lluvia durante la temporada estival. Es también una muñeca rusa que se destapa al atravesar Senegal donde solo el mar le da un respiro. Nótese la contradicción: por este mismo lugar de liberación entraron los navegantes acompañados del comercio, y la enfermedad solapada a la esclavitud.

Gambia es Tanji, Janjanbureh, el rio, los racimos de niños y las sonrisas de las mujeres que, bajo un calor sofocante o en medio de las tormentas imprevistas, esparcen su alegría con gratitud. Gambia tiñe la noche de negro para que se puedan ver mejor las estrellas. Es la buganvilla, los hibiscos y las acacias coqueteando en todas las terrazas. Es el espectáculo de la vida y la calma del atardecer. En árabe, Baraka significa Suerte, Fortuna o Reconocimiento Divino. En mandinga, Abaraka significa Gracias. Gracias Gambia. Por todo lo recibido. Por la experiencia y el escalón.

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