Opinión

Comandante K9

Opinión de Jesús Soto para eltaquigrafo.com
photo_camera Opinión de Jesús Soto para eltaquigrafo.com

No recuerdo cuántos cigarrillos fumé durante el trayecto, no podía distinguir en medio de mi confusión, había cruzado el límite de la locura.

En el mundo policial quizá existan todas las historias que podamos imaginar y las que no.

Al menos en México, la ola de violencia engendró casos aterradores en dónde cada ciudadano tenemos de manera coincidente un conocido que es víctima o algunos de nosotros lo hemos padecido.

En esta historia de hoy, por razones periodísticas y de secreto profesional a nuestro personaje le llamaremos Comandante K9. Fue él quien nos contó que, a dos años de jubilarse en la policía local en la capital del Estado de Chihuahua, ciudad que lleva el mismo nombre, vivió uno de los acontecimientos más traumáticos de su vida y de su carrera policial.

"Tuve que exhumar de una fosa clandestina en el desierto de Chihuahua a mi compañero de trabajo, con quién patrullé más de 15 años".

Después de haber pertenecido a la unidad antinarcóticos y haber realizado importantes detenciones e incautaciones de droga, una noche inesperada durante un operativo, un comando armado se llevó a mi compañero, permaneció desaparecido casi dos meses, su esposa en una crisis terrible de depresión y ansiedad, me suplicó quebrada en llanto que lo encontrara, vivo o muerto.

Pedí ayuda en todas las instituciones y nadie pudo ayudarme.

Un día, mientras paseaba a mi perro de guardia y custodia, recibí una llamada anónima, me proporcionaron un número telefónico al cual tenía que llamar para hablar con un jefe de la mafia que operaba en la localidad, esas fueron las instrucciones.

Sin esperar llamé, me dieron las coordenadas del sitio donde mi compañero y hermano de uniforme estaba sepultado, no pregunté más, solo registré las características y ubicación del lugar, se encontraba bastante lejos del sitio de donde lo levantaron.

Subí de inmediato a mi camioneta, recogí un pico y una pala y durante dos horas conduje hasta llegar a la ubicación que el GPS me indicaba.

Una llamada entró al móvil, una voz masculina me dijo:

“Tienes que pedirle permiso al patrón, esto viene de muy arriba y si él te dice que lo desentierres lo puedes hacer”. Me pasaron con otro sujeto; me respondió un hombre que por su voz quizá tenía unos 30 años.

Le pedí que me ayudara, que la familia se encontraba muy mal, en tono de amenaza me dijo:

“Mira cabrón, te lo voy a entregar, pero algo te tiene que quedar claro: esto no se hace, exclusivamente es un favor a cambio de que se apacigüen y dejen de estarme quitando mi mercancía, el siguiente vas a ser tú, diles a tus jefes que si no se acomodan y cooperan ese agujero va a estar lleno. Sácalo y llévatelo”.

Se cortó la llamada. Llegue abrí una puerta de palos y alambre en un cerco para ganado, junto a un área montañosa a 5km de la carretera. Allí comencé a cavar en el lugar indicado y al dar unas cuantas paladas, lo primero que vi fue el rostro de mi compañero, boca arriba, con la cabeza un poco ladeada a su hombro izquierdo, su boca llena de tierra, había en su rostro aún, un gesto de dolor.

Confieso que no tenía tiempo para llorar y apresurado lo desenterré, con mucho esfuerzo y cuidado lo subí a la parte trasera de la camioneta, a un lado de él, la pala y el pico, los cubrí con hule negro y salí a toda velocidad del sitio. No recuerdo cuántos cigarrillos fumé durante el trayecto, no podía distinguir en medio de mi confusión, había cruzado el límite de la locura.

Su cuerpo no tenía un estado avanzado de putrefacción por lo que deduje que su muerte era reciente e imaginaba toda la clase de tortura que debió haber recibido.

Al llegar de nuevo a la capital llamé a su esposa y le expliqué lo sucedido.

“Ven con él a la casa y no tendrás problemas”, me dijo el jefe de la policía que me dio su palabra que habrá un caso de excepción legal.

Al llegar al domicilio estaba una furgoneta del servicio forense, trasladamos el cuerpo a ese vehículo y el comandante salió del domicilio, me abrazó y debo decir que mi alma sintió un gran descanso.

Lloré quizá como un recién nacido, pero, la imagen de su rostro y su boca llena de tierra no se quitaba de mi mente.  

El funeral se realizó poco tiempo después, a pesar de todo lo sucedido, puedo decir que quedan gratos recuerdos de todo lo que padecimos en el servicio.

Ser policía en México no es nada sencillo.

Me retiré con 30 años en el cumplimiento del deber, tengo mil historias que contar, hoy me dedico a entrenar perros de guardia y custodia, por fin tengo un poco de paz.

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